Uno podría pensar, yo podría haber creído, que las llamadas «teorías conspirativas» son algo exclusivo de nuestra época y que llegaron acopladas al avance de las comunicaciones y las redes sociales.
Pero, hilando un poco más fino y haciendo uso de la memoria, te vas dando cuenta —me voy dando cuenta— de que no es así. En realidad, siempre han existido.
Recuerdo aquellos años de los incipientes albores de internet, cuando todavía no existía Facebook ni los que vinieron detrás de él. O el querido MySpace, que había aparecido antes y que después se hizo famoso, en buena medida desplazado por el avance de Facebook.
Ya existían los «hoax», las cadenas de mensajes ¡por Hotmail! que eran, en algunos casos, una especie de principio de estafa: con argumentos extraños te pedían colaboración, te prometían una recompensa extraordinaria o te aseguraban que, si no reenviabas el mensaje a diez personas, poco menos que el mundo se iba a terminar.
Después aparecieron los grandes mitos. Esos que «todos sabían» y que siempre tenían algún conocido involucrado, pero que en realidad nadie había visto ni comprobado.
Como aquella famosa «combi blanca» que aparecía en todas las esquinas de todos los barrios del país secuestrando chicos para sacarles los órganos. Y, en algunas versiones, ¡se los sacaban ahí mismo, en la camioneta!
Se sumaban las historias de supuestos cuerpos que aparecían vaciados, sin sus órganos y cosidos «a lo matambrero», tirados en algún zanjón o callejón.
Otra vez: nadie los vio, todos lo sabían y nunca se comprobó.
¡Qué decirte de las grandes conspiraciones a nivel mundial!
Esas que involucraban —siempre— a Coca-Cola, a Bill Gates, a Mark Zuckerberg y a vaya uno a saber cuántos más. Gente que, dependiendo de la teoría, quería convertirte en zombi, autómata o robot manejado a distancia por medio de las vacunas, los celulares o vaya a saber qué otra cosa.
Algunas de esas historias son tan fantasiosas que son dignas de fe.
Porque, para creer algunas de ellas, ¡obviamente tenés que ser una persona de fe!
Después vinieron, con mucha más fuerza, las conspiraciones políticas.
Como en todo tiempo de campaña electoral, y más todavía en épocas de «posverdad», el proselitismo muchas veces deja de enfocarse en ideas y proyectos para concentrarse en el desprestigio, las sospechas y las mentiras.
Ya no importa tanto qué propone el político tal, sino qué come, con quién se acuesta, qué hizo en su juventud, qué dijo hace veinte años o qué supuestamente está tramando en secreto.
Sumale a eso los inventos conspirativos que ni siquiera creen quienes los inventan, pero que los consumidores aceptan, adoptan y propagan.
A ver… no soy defensor de ninguno, porque ninguno es «santo de mi devoción», pero… ¿De verdad creíste alguna vez que el candidato M iba a crear un mercado de órganos humanos?
¡Paraaaa!
Estas cosas deberían hacernos pensar.
Vivimos en una época en la que la comprensión de textos, la capacidad de analizar información y el pensamiento crítico son cada vez más necesarios. Y, sin embargo, muchas veces parece que estamos perdiendo justamente esas herramientas.
Cada vez se entiende menos.
Cada vez se lee menos.
Cada vez cuesta más distinguir entre información, opinión, propaganda, mentira y fantasía.
Y así nos convertimos cada vez más en títeres de un sistema espiritual que utiliza las ideologías imperantes, los miedos y las pasiones humanas para llevarnos al control y al dominio.
¿Otra conspiración, pastor? No. Solo Biblia.
Porque si buceamos un poco más todavía en el tiempo y en la historia, descubrimos que la manipulación de las masas no nació con internet.
La propaganda política tampoco.
Durante el siglo XX, los regímenes totalitarios aprendieron a utilizar la mentira, la repetición, el miedo y una pequeña dosis de verdad para construir relatos capaces de convencer a millones.
La propaganda nazi logró instalar en buena parte de la sociedad alemana la idea de que los judíos eran responsables de los males de Alemania y de muchos de los problemas de la humanidad.
¡Y millones compraron el relato!
¿Vamos más atrás? Vamos más atrás.
¿Escuchaste hablar de Nicolás Maquiavelo? ¡Un genio el tipo! Impresionante.
No porque haya sido el inventor de todas las conspiraciones, sino porque entendió como pocos cómo funcionan el poder, el miedo, la percepción y la manipulación política.
Entre sus ideas aparece aquella famosa frase: «Es mucho más seguro ser temido que amado».
Y ahí empezamos a encontrar algo que atraviesa toda esta historia.
La mentira, el miedo, la intriga y la manipulación pueden convertirse en herramientas para una sola cosa: ejercer dominio sobre la mente del otro.
Ay, ay…
Pero todavía hay más.
Mucho más atrás Isaías hablaba de conspiraciones. ¿Podés creerlo?
Se ve que esto es algo más fuerte que nosotros. Algo que está profundamente metido en el carácter y el espíritu humano.
Tal vez tenga que ver con ese deseo innato de dominar, con esa capacidad de gobierno y conquista con la que Dios nos dotó, pero que fue pervertida en el Edén.
Y quizás también tenga que ver con algo mucho más simple: es más fácil inventar historias que arremangarse y laburar.
Isaías dice:
«No llamen ustedes conspiración a todo lo que este pueblo llama conspiración. No se asusten ni tengan miedo por todo lo que a ellos les da miedo». (Isaías 8:12, DHH)
Cada vez que algo los confrontaba, ellos gritaban: «¡Conspiración!»
¿Te suena?
Como hoy algunos gritan «lawfare» para no aceptar una sentencia.
O como aquellos que, cuando son acusados, levantan la voz diciendo «proscripción» o «presos políticos».
No todo es una conspiración.
No todo es persecución.
No todo es una operación secreta.
A veces, sencillamente, las cosas son lo que son.
Isaías advierte al pueblo que no se deje arrastrar por esa corriente.
No te enganches.
No te sumes.
No vivas dominados por el miedo de los demás.
No permitas que otros definan qué tenés que temer.
Poné tu confianza en Dios.
Hay algo curioso con las historias inventadas. Aunque sepamos que probablemente son mentira, siempre queda una pequeña cuota de duda.
¿Habrá existido de verdad la “combi blanca”?
¿El “hombre gato” sería realmente un gato humano?
¿Existe la “luz mala”?
¿Alguien se encontró alguna vez con “la chica del cementerio”?
El miedo no siempre necesita pruebas. A veces solamente necesita una posibilidad.
«¿Y si fuera verdad?»
Pero Isaías dice: «No se asusten ni tengan miedo por todo lo que a ellos les da miedo».
Es como si Dios nos dijera:
No vivas mirando lo que ellos miran.
No temas lo que ellos temen.
No permitas que sus miedos gobiernen tu corazón.
Poné tu mirada en el Señor.
Recuerdo mis primeros días en la fe. Me parecía algo aburrido que el cristianismo no tuviera amuletos ni fetiches.
¿Por qué no imágenes?
¿Por qué no algo que tocar?
¿Por qué no algo que usar para pedirle suerte?
¿Por qué no un objeto que me garantizara protección?
Después entendí algo: es mucho más fácil creer cualquier cosa que alguien quiera hacerte creer que creer en el Dios que no podés controlar, manipular ni meter dentro de un amuleto.
No creas todo lo que te dicen.
Ni todo lo que ves.
No te dejes llevar por intrigas ni fantasías.
No pienses que todo el mundo está contra vos.
“¡No te comas el verso!” como te dice Mostaza… Y tampoco les creas que las suyas son 100% carne.
¡No existen los reptilianos!
Y no, Mirtha no fue novia de Tutankamón ni tuvo a un T. Rex como mascota.
No tengas miedo de lo que los demás tienen miedo…
Vos descansá.
Vos confiá.
Vos poné tus ojos, tu esperanza y tu seguridad…
En el Señor.
