¿Entendés?

Los últimos resultados de las pruebas PISA, ese estudio internacional que evalúa el rendimiento académico de estudiantes de 15 años en lectura, matemática y ciencias, han expuesto nuevamente el bajo rendimiento del nivel educativo argentino y sus consecuencias a mediano y largo plazo.

Algunos titulares realmente asustan. Leer “Argentina mantiene los bajos niveles” da la sensación de que nos esforzamos por no progresar, sino por mantenernos en la plena mediocridad o, en el mejor de los casos, por evitar seguir cayendo.

Es algo que se ve cada vez más claramente. Confieso que soy muy impaciente en este rubro y que me genera bastante incomodidad. Recuerdo que hace unos años leí un artículo en tono gracioso que hablaba sobre comunicación, diciendo que el mundo es cíclico y que estamos volviendo a comunicarnos con jeroglíficos (en alusión al aumento del uso de emojis en los mensajes de whatsapp).

Hoy no solo sigue aumentando su uso, sino que ya podemos experimentar las falencias de la comunicación. No quiero hablar de brechas generacionales, pero cada vez más me encuentro explicándoles a los más jóvenes algo que acababa de decir o escribir.

Sí, también les pido que me expliquen sus nuevas expresiones. Si hace unos 20 años me costaba entender y aplicar el «ah, re», hace unos pocos años me costaba el «cringe», después el «nada» y «corte»; imaginate ahora con el «POV», «chill» y «farmear aura».

Si la cosa quedara ahí, sería solamente una cuestión de evolución del idioma, lo que me parece excelente e inevitable. ¿E si vos imaginássedes que fablasse en el castellano que se usava en el siglo XIV, por ventura? (¿Te imaginás si estuviera hablando en el español del siglo XIV, por ejemplo?).

No hace falta viajar 700 años al pasado. ¿Y si te imaginás que te estoy chamuyando en el castellano que se usaba allá por el 1900? ¿Qué hacés, bacán?

Pero no es solamente un tema evolutivo, sino involutivo, recesivo y que augura un futuro bastante oscuro.

Lo mismo nos pasa en el plano espiritual. En estos tiempos, hablar de lo espiritual es mucho más popular que hace 100 años. Esa popularidad le dio conocimiento y habitualidad y, con eso, desinterés e indiferencia.

Para que me entiendas, a fines del 1800 los zoológicos eran toda una novedad y un misterio. Su propagación y fama se dieron, básicamente, porque acercaban lo desconocido a la civilización. La gente nunca había visto animales salvajes (te parecerá extraño, pero hubo una época en la que no existían las cámaras, mucho menos internet o la TV).

Así como los primeros colonizadores y «cristianos» se toparon con personas de piel oscura que nunca habían visto, a las que consideraron inferiores por ser «la maldición de Caín», del mismo modo, chicos y grandes se sorprendían al borde del desmayo al ver tigres, elefantes y rinocerontes.

¿Pero cuál sería la razón de su existencia en esta época? ¿Necesitás ir a un zoo para conocer un ciervo del altiplano o una cabra del Himalaya? Habitualidad, desinterés, indiferencia.

Por eso vamos perdiendo noción de lo que significa el mundo espiritual, lo sobrenatural y la manifestación de Dios. Hoy justamente leí una nota en el diario a una mujer joven, empresaria, millonaria, casada con uno de los hombres más ricos de Argentina, que decía de sí misma que era «una persona espiritual, que tenía conexión con Dios, el universo o como lo quieras llamar».

Mi primer pensamiento fue: «La plata no te hace inteligente».

¿Somos capaces de entender el nivel de posición espiritual y sobrenatural que experimentamos y compartimos?

¿Somos capaces de comprender que el Dios que hizo el universo habita en nuestro ser y nos hizo parte de su esencia y divinidad?

¿Somos capaces de darnos cuenta del privilegio que nos ha sido dado y que bajo ningún concepto o excusa merecíamos?

Algunas veces me topé con personas que, por desconocimiento o ignorancia cultural, no se daban cuenta de un protocolo a seguir o de los códigos que debían respetar en diferentes ambientes.

No tengo dudas de que yo mismo sería un payaso actuando entre la alta sociedad o la nobleza. Desconozco absolutamente todos sus códigos de comportamiento, por ejemplo, durante un almuerzo o una cena.

Entonces, es entendible que no entendamos cosas tan maravillosas y lugares tan increíbles a los que se nos dio acceso. Después de todo, el mismo Dios dijo: «¿Con quién me van a comparar ustedes? ¿Quién puede ser igual a mí?» (Isaías 40:25).

Aún un poco más. También Dios dijo que «sus caminos y pensamientos son más altos que los nuestros» (Isaías 55:8-9) y que están en distintos planos y ubicaciones espirituales.

Ya lo dijo también Pedro, el bruto, ese mismo: «Antes no éramos pueblo, ahora somos pueblo de Dios; antes no recibíamos misericordia, ahora recibimos misericordia de Dios» (1 Pedro 2:10).

Y ahora que lo pienso, este mismo es el que reconoció y dio a entender que «somos participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4).

Pablo tuvo este tipo de discusión con los efesios. Se ve que eran un poco duros de entendederas (como vos y como yo).

«Pido que Dios les ilumine la mente, para que sepan cuál es la esperanza a la que han sido llamados, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da al pueblo santo» (Efesios 1:18).

No puedo hacer nada para que cambien tus niveles de comprensión y entendimiento.

No puedo hacer nada para que dejes de tomar lo espiritual como algo común y habitual.

No puedo hacer nada para que dejes de buscar lo sobrenatural en lo burdo y malintencionado…

Pero sí puedo pedirle a Dios, como Pablo, que «ilumine tu mente… para que sepas…», para que veas, para que te des cuenta, para que entiendas.

A veces queremos que nos bajen el cielo… sin darnos cuenta… de que está al alcance de la mano, de la boca, del corazón, de la fe…

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