Cañas rajadas

Las modas pasan, los tiempos pasan, los rituales y las costumbres pasan, los hombres pasan…

Recuerdo esa vez que le dije al entonces intendente de la ciudad: «Los gobernantes pasan, los pastores quedan». ¡Ja! ¡Bravo el pastor! Pero también los pastores pasan…

Hay una época por la que todos pasamos, en la que creemos que somos indispensables. Hay una época por la que casi todos pasamos, en la que nos pensamos indestructibles. Hay una época por la que muchos pasaron, en la que pensás que sos «la piedra angular», la pieza especial con la que Dios iba a transformar el mundo…

Pero, como dijo el apóstol Juan: «El mundo pasa…» (1 Juan 2:17).

Cuando vas sumando años a tu calendario biológico, te vas dando cuenta de que ese mundo que va a pasar sigue girando a pesar de los que ya no están. Un día te das cuenta de que, antes de tu existencia, el mundo funcionaba y, cuando mueras, lo seguirá haciendo.

Ese día te percatás de que tenías una función única y especial… pero que otros millones de personas también tienen una función única y especial.

Hubo un momento en el que «te llevabas al mundo por delante». Cuando andabas en tus 20 (¡escuchen los que andan en los veinte!), veías casi inexistente tu propia decadencia (me refiero a decadencia física). Entre los 20 y los 30, el mundo gira a tu alrededor. Estás en tu prime físico y mental… hasta que llegás a los 40 ¡y te querés matar! (Es irónico, ¿eh?).

De repente, los de 20 y 30 te empiezan a desplazar… y chau, se terminó tu tiempo.

Pasa en los trabajos, pasa en las relaciones, pasa en la vida misma. Hoy estamos un poco peor. Los 20 ya tampoco son el ojo del mundo, sino que lo son los que tienen entre 15 y 20. El mercado apunta a ellos, la moda se enfoca en ellos, el comercio les habla a ellos.

Dicen que son los que no tienen plata, pero los que más consumen. Y el mercado… tonto no es.

¿Y vos? ¿Dónde quedás?

La clave, creo yo, está en qué hiciste en los años productivos. Qué sembraste, qué caminos abriste, qué relaciones formaste.

O no: qué semillas perdiste, qué caminos y puertas cerraste, qué relaciones rompiste, perdiste o arruinaste.

Salomón dijo que «Dios hizo todo hermoso en su tiempo» (Eclesiastés 3:11), un rato después de haber dicho que «todo tiene su tiempo» (Eclesiastés 3:1).

Pablo dijo que «a su tiempo vamos a cosechar» (Gálatas 6:9) lo que un día sembramos, si es que sembramos.

Jesús dijo que el labrador «no sabe cómo crece la planta» (Marcos 4:27), pero no por eso deja de sembrar.

Ahora bien, en la parábola del sembrador, algunas semillas cayeron entre cardos y espinos (Mateo 13:7). Y otras, casi de casualidad, cayeron en buena tierra y dieron fruto (Mateo 13:8). Porque, al parecer, el sembrador tiraba las semillas donde cayeran.

Y sí, alguna terminó en buena tierra… pero no necesariamente porque él hubiera tenido el cuidado de buscarla.

Como el mayordomo chanta, ¿te acordás? Ese corrupto que, como sabía que lo iban a despedir, se acomodó con los deudores mientras todavía tenía atribuciones de administrador y así se ganó relaciones, contactos y un lugar donde seguir adelante (Lucas 16:1-8).

Entonces, cuando los demás te descarten porque «pasó tu cuarto de hora» o porque «se te pasó el tren», todavía vas a tener un camino por recorrer, una función que cumplir y un propósito por alcanzar.

¡Peor aún si fracasaste, caíste, cometiste errores, fallaste! Sos automáticamente desplazado porque mostraste tu falla y el sistema no tolera una pieza fallida.

Me hace acordar a los espartanos, que, según Plutarco, arrojaban a un lugar al pie del monte Taigeto a los bebés que mostraban alguna deficiencia o discapacidad.

Así sucede hoy con los «no aptos».

Pero… pero… y siempre hay un pero… Dios no está en línea con «el sistema», sino que Él tiene un sistema propio, al que espera que se suscriba la humanidad que responde a su llamado.

Dijo Isaías, hablando de Jesús, aun antes de que Jesús naciera, pero profetizando sobre el Mesías:

«No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente.» (Isaías 42:3).

¡Uff! Más que una garantía. Ni comparación con los tres años que te ofrecen las casas de electrodomésticos por una pequeña cuota adicional, y mucho más que los tres meses que la ley dispone en cualquier caso de transacción comercial.

Dios no quiebra al roto ni apaga al que todavía tiene una pequeña chispa de vida, de actividad, de propósito, de ministerio, de llamado.

Después de todo, el llamado de Dios es un don, y solo se inhabilita por la muerte del llamado. No, no del llamado, sino de quien es llamado, del que recibe el llamado (bueno, vos entendiste).

El refrán dice: «Mientras hay vida, hay esperanza», pero la Biblia dice que «quien espera en Dios tiene futuro» (Proverbios 23:17-18).

Y no solo eso, sino que: «…nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:22-23).

Ay, ay, ay…

¿Ya te diste por acabado?
¿Ya pusiste fin a tu llamado?
¿Ya creíste que Dios canceló el llamado?

¿Ya te corrieron del foco?
¿Ya te sacaron del escenario?
¿Ya te hicieron sentir un estorbo?

«El Señor no acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente».

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