¡Qué difícil es darte cuenta de una nueva realidad!
Si viste Capitán América (la primera) o alguna película donde el protagonista estuvo en coma por mucho tiempo, o esa serie malísima llamada Manifiesto, donde al aterrizar de un vuelo complicado descubren que habían pasado cinco años desde el despegue, la situación más traumática de todas es reconocer el desfase temporal y aceptar la nueva realidad.
¿Para qué doy tantas vueltas?
La mejor saga de todos los tiempos, Volver al Futuro, muestra precisamente eso: un Marty McFly totalmente desconcertado por retroceder 25 años al pasado, con tantas diferencias locales y culturales que pensaron que se llamaba Calvin Klein por tenerlo escrito en sus calzoncillos.
Supongo que te sentirías desorientado, que todo a tu alrededor sería confuso, que en algunas cosas no encajarías. No me sorprendería que otros te miraran raro.
¿Te imaginás si de golpe caigo en 1965, año de mi nacimiento, y veo a mi mamá con minifalda? ¿Te imaginás las caras de los demás al verme con un celular?
Una situación de completo desenfoque y desubicación.
Eso es lo que muchas veces nos pasa cuando queremos seguir actuando “como antes”, o pensando con “criterios mundanos”, sin darnos cuenta de que ya no somos lo que éramos ni pertenecemos al mundo que habitamos.
Sí. Andamos, nos movemos, nos relacionamos.
Sí. Trabajamos, negociamos, vivimos en este plano natural, pero… como se suele decir…
Solo somos peregrinos y extranjeros en la tierra que habitamos y, aunque nos regimos por leyes locales, ya no somos siquiera de esta raza que todos ven.
Pablo les dijo a los filipenses que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (3:20), pero como nuestros pies están en la tierra, vivimos como Marty o como el Capitán América, que apenas despertó de su hibernación salió corriendo desnudo por la calle sin entender siquiera quién era él.
A los colosenses les dihjo:“Por lo tanto, ya que ustedes han sido resucitados con Cristo, busquen las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.” (Colosenses 3:1 DHH)
Ya no sos simplemente de esta tierra. Tu ciudadanía está en el cielo.
Ya no pertenecés al mundo; pertenecés a la eternidad.
Ya no te rigen las pasiones, ambiciones ni metas de competencia humana, sino las que vienen de Dios y de hacer su voluntad.
O así debería ser…
Ya no te muevas… según los criterios humanos.
Ya no pienses… como lo hacen los demás.
Ya no te afanes… como quienes no tienen esperanza.
“Buscá las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios…”
