De profesiones y zapatos.

«Zapatero, a tus zapatos» es una vieja frase muy conocida (espero) que inevitablemente me lleva a un comentario que hice hace unos meses en mi programa SIN FILTRO, sobre un pastor que estaba queriendo ser candidato a presidente.

Podría definir la frase y su aplicación sencillamente diciendo que cada uno se ocupe de lo que sabe, que cada uno atienda su profesión.

Es muy difícil hablar de esto, o llevarlo a la práctica, en una cultura (la argentina) en la que todos somos especialistas en todo. Tal vez mis propias palabras, en este momento, suenen a lo mismo: ser especialista en lo que escribo, digo o hablo.

En épocas de Mundial de Fútbol, todos somos directores técnicos.
En época de pandemia, todos éramos inmunólogos y virólogos.
En época de bombardeos, todos éramos especialistas en explosivos.

Todos somos especialistas en Fórmula 1 con Colapinto, como lo fuimos con Reutemann o con Fangio.
Todos fuimos técnicos submarinistas y conocedores del talud continental cuando implosionó el submarino del Ejército.

Y hablando de profundidades… todos somos geólogos que opinamos sobre Malvinas, porque las islas están sobre la plataforma continental argentina.

Pero, como decía mi abuela, y la experiencia me lo ha demostrado, «el que mucho abarca, poco aprieta», y cuanto más querés expandir el abrazo, menos cosas sostenés. O sea: el gran culto argentino a la mediocridad.

Soy un defensor de la cultura general. Digo, de tener conocimientos básicos de casi todo, al menos como para poder tener una conversación.

Como cuando estudiás locución o periodismo, que tenés que aprender (te guste o no) fonética internacional para poder pronunciar más o menos bien los nombres o lugares extranjeros y no caer en decir «veri díficul» o «guat are llou». (Me duelen los oídos cuando escucho a algunos comunicadores decir «llou tube» por YouTube).

Pero saber poco de mucho no es saber mucho de algo. La cultura general te permite conversar, comprender el mundo y relacionar ideas; la especialización te permite profundizar, resolver problemas y hacer las cosas con solvencia.

El problema no es saber un poco de todo. El problema es creer que, por saber un poco, ya estamos capacitados para opinar como especialistas. Una cosa es tener una opinión y otra muy distinta es tener la preparación necesaria para sostenerla.

En definitiva, saber poco de mucho, sin capacitarte o especializarte y aún así opinar con superioridad… es tener un conocimiento… mediocre.

Por eso es mejor, mucho mejor, que sepas mucho de poco, o mucho de algo. El mercado laboral paga mucho más por el que se especializa en algo que por el que hace lo que cualquiera puede hacer. Lamentablemente, es ahí cuando te das cuenta de que deberías haber estudiado un poco más… o haberte preparado mejor.

Recuerdo una época en que en la iglesia insistían en los puestos rotativos. Supongo que era una forma de seguir la costumbre laboral. Los turnos rotativos tienen otro fin, pero rotar un puesto solo termina en: mediocridad.

Sí, estoy a full con la mediocridad y sí, la rotación permite adquirir habilidades. Pero otra vez, no te hace un profesional.

Después de la celebración de nuestros 15, decidí presentar batalla a la mediocridad. Hoy es para mí lo que la guerra fue para Gieco. No sé de qué guerra hablaba él, pero para mí la mediocridad es «un monstruo grande que pisa fuerte».

«Es que todos tienen que saber todo, por si falta alguno». Sí, claro. Y cuando falta ese uno, nadie sabe nada… porque todos saben «un poco de todo» en vez de «mucho de algo».

¡Zapatero, a tus zapatos!

Ni todos pueden hacer todo ni nadie puede cubrir la especialidad del otro. ¡Mutemos hacia el profesionalismo, votemos por el mérito y defendamos la capacidad!

«Si tanto te cansas corriendo contra gente de a pie, ¿cómo podrás competir con gente de a caballo?» (Jeremías 12:5, DHH).

Zapatero… a tus zapatos. Y si no entendés de zapatos, ocupate de lo que sepas hacer.

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