Lo recuerdo como si fuera hoy. En aquel momento, era un joven de la iglesia que, siguiendo las costumbres y las modas de la época, viene y me pregunta: —Tengo ganas de hacerme un ‘piercing’ en la ceja. ¿Qué pensás?
Mi respuesta fue directa, concisa, tal vez no muy clara, un poquito retórica, pero muy fácil de entender. Recuerdo que le dije: —El solo hecho de que me preguntes ya te está respondiendo lo que estás preguntando.
¿Por qué ignoramos a nuestra conciencia? ¿Por qué la queremos callar? ¿Por qué a veces buscamos alternativas para seguir lo que el corazón dicta, pero la conciencia nos advierte?
Tal vez tendría que preguntarte o preguntarme primeramente: ¿qué es la conciencia? Creo que la mejor definición es decir que la conciencia es la ley moral que Dios escribió en nuestro corazón.
La Biblia habla de que Dios escribió su ley en nuestros corazones. Son esos principios que, tal vez, no conocemos porque alguien nos los haya enseñado, pero que nos permiten darnos cuenta de qué está bien y qué está mal (Romanos 2:14-16).
Incluso recuerdo ahora que Romanos dice que aquellos que nunca conocieron la ley de Dios serán juzgados de acuerdo con el testimonio de su conciencia, que da testimonio de sus pensamientos y sus acciones. Es decir, aun sin haber recibido la revelación escrita de la ley, tendrán que dar cuenta de sus acciones, al saber qué estaba bien y qué estaba mal.
¡Obviamente, el resultado siempre sería negativo y saldríamos perdiendo!
La conciencia es esa vocecita interior que te advierte. Reconozco que muchas veces podemos confundirla con la voz del Espíritu Santo. A veces decimos que el Espíritu Santo nos advierte frente a las tentaciones o el pecado, pero dejame plantearte una duda: ¿y si muchas veces lo que llamamos la voz del Espíritu Santo es, en realidad, nuestra propia conciencia advirtiéndonos?
Es la voz que te frena cuando estás por mandarte una macana.
Es la que te recuerda que algo no está bien, aunque tengas ganas de hacerlo.
Es esa advertencia interior que muchas veces intentamos silenciar porque contradice lo que queremos hacer.
Es la que te alienta o te anima cuando no tenés ganas de hacer algo que va a tener un resultado favorable.
Es la sensación de incomodidad cuando tomaste la decisión incorrecta y estás metiendo las patas en el barro.
Es la sensación de paz y tranquilidad cuando tomaste la decisión correcta y estás yendo por buen camino; eso que la Palabra menciona cuando dice: «si nuestro corazón no nos reprende» (1 Juan 3:21).
Hace unos días, alguien me dijo: —Dios me confirmó. Dios me mostró que tenía que hacer tal y tal cosa por medio de tal y tal otra.
Lo que esta persona me decía era de una incoherencia total. No tenía ningún tipo de fundamento ni estaba apoyado en la Palabra de Dios, pero era lo que él necesitaba para confirmar lo que su corazón quería hacer.
En otras palabras, estaba usando el nombre de Dios para justificar lo que ya había decidido hacer.
¿Por qué no escuchamos a nuestra conciencia? ¿Por qué le damos tan poca importancia? ¿Por qué la desvalorizamos? ¿Por qué le atribuimos todo al corazón engañoso cuando, en realidad, muchas veces es nuestra conciencia la que nos está advirtiendo que algo no está bien?
¿Pensás, acaso, que es algo inútil, improductivo o innecesario?
«Algunos, por no haber hecho caso a su conciencia, han fracasado en su fe» (1 Timoteo 1:19, DHH).
¿Vos pensás que Dios pondría en nosotros semejante herramienta para detectar errores y advertirnos del peligro si fuera totalmente en vano?
No escuchar la voz de tu conciencia puede llevarte a desviarte de la fe, a fracasar en tu caminar con Dios.
¿Cómo darte cuenta?
Como Elías en el monte Carmelo… ¡Sí, ya sé que eso fue con Dios, su presencia y el soplo del Espíritu! Pero el principio es el mismo… Prestá atención al «silbo apacible y delicado» (1 Reyes 19:11-13).
Dios te habla… también por medio de tu conciencia.
