Entrenamiento

No soy del tipo deportista. No entiendo mucho de biotipos, esa nueva denominación de las personalidades, pero definitivamente no soy un tipo del tipo deportista.

Mi relación con el deporte fue más patológica que pedagógica o saludable. Tuve épocas en las que me sentía mal porque no me gustaba y otras en las que empecé a sentirme mal físicamente por no haber practicado ninguno.

Miento. Me gustaba mucho jugar a la paleta y al frontón. Me gustaba hacer aerobismo. Me gustaba la natación, hasta que el bullying me superó.

En algún momento intenté disciplinarme con el entrenamiento físico. Un par de malas experiencias ayudaron a espantarme.

Por un lado, el tremendo nivel de narcisismo de algunos asistentes y entrenadores, que me genera un rechazo casi total («casi» es una expresión elegante). Hoy los tolero, pero me siguen provocando el mismo rechazo.

La segunda experiencia, y la determinante, fue cuando fui víctima de un robo en un gimnasio. La decepción fue tan grande que se convirtió en la excusa perfecta para no volver a asistir. ¡Cómo me gustaba hacer pecho!

Digo todo esto para callar las voces de los que dicen —y van a decir— que soy anti. ¡Ah, sí! ¡El pastor es antifútbol! ¡Nada que ver! ¡Ah, sí! ¡El pastor es antientrenamiento! Para nada…

Creo que el entrenamiento es importantísimo para la salud física y mental. Creo que, en los tiempos que vivimos —la era de la inteligencia artificial, el trabajo virtual, el sedentarismo y el aislamiento emocional—, el entrenamiento es una herramienta ideal para prevenir desde un infarto hasta, me atrevo a exagerar, un suicidio.

Pero esta época también se caracteriza por las modas sociales. A ver, pongámonos en órbita. Tengo 60 años. En otras palabras, viví seis décadas. Dicho de otra manera, un 20 % más que medio siglo.

¿Otro cálculo? Según una aproximación antropológica, ya atravesé una generación y media.

Muchas de las cosas que para vos son toda una novedad, yo ya las vi una y otra vez. Muchas de las cosas que para vos vinieron para quedarse van a desaparecer como el humo, y ni te vas a acordar de ellas. ¡Si todavía resuena en mis oídos que el lenguaje inclusivo había venido para instalarse y que la gente ya no se iba a abrazar nunca más!

¿Se puede decir «te lo dije»? No. No se puede. No seas de esos.

Entonces… hoy el entrenamiento es —y me hago cargo de que esta es mi propia opinión— la nueva droga social.

Si para Marx la religión era el opio de los pueblos (¡pobre ignorante!), ¿dónde queda el hecho de entronizar o idolatrar el culto al cuerpo? Sí, ya te escuché. No es culto al cuerpo, es por la salud. Bien por vos.

Pero cuando decís que «si no entrenás todos los días sos un mediocre»… bienvenido a la nueva religión fitness.

Pablo predicaba en una época en la que la cultura griega daba muchísima importancia al cuidado y al entrenamiento del cuerpo. Las competencias atléticas formaban parte de la vida cultural, y el mundo deportivo ofrecía imágenes que permitían ilustrar verdades espirituales.

Las carreras, los combates y las competencias atléticas eran habituales. Hablar de una corona de gloria era referirse a una imagen que cualquiera podía comprender: la recompensa del atleta que había competido y alcanzado la victoria. Por eso, muchas enseñanzas espirituales de Pablo se apoyaban en ejemplos tomados del entrenamiento físico.

Como la de Pablo a Timoteo, en la iglesia de Efeso, intentando ser ejemplo de carácter cristiano y cambiar el foco del hombre a Dios.

«Pero no hagas caso de cuentos mundanos y tontos. Ejercítate en la piedad; pues aunque el ejercicio físico sirve para algo, la piedad es útil para todo, porque tiene promesas de vida para el presente y para el futuro». (1 Timoteo 4:7-8, DHH)

«El ejercicio físico sirve para algo», le dice Pablo reconociendo su valor. Pero agrega que «la piedad es útil para todo», estableciendo un contraste entre algo y todo.

Reconozco que Pablo se pone un poco terco y absolutista. Hola. Ese es Pablo.

Le está diciendo que, si tiene que elegir entre algo que sirve para algunas cosas y algo que sirve para todas las cosas, obviamente la elección inteligente es lo segundo.

Es como si en esta época te dijeran que compres una cámara digital, un reproductor de MP3 y una agenda electrónica… pudiendo tener todo eso en un celular.

Pero hay algo más. Y es lo que más me interesó de este pasaje:

Pablo está diciendo que la piedad se entrena.

Esto me enseña dos cosas, y me despido. Ya me estoy subiendo al auto…

Una. Así como cuando dejás de ir al gimnasio la masa muscular empieza a reducirse y te vas poniendo un poco duro, si no te entrenás para la piedad, tu vida espiritual puede debilitarse y tu corazón puede endurecerse.

Dos. La piedad no es algo que se desarrolla automáticamente. Podemos cultivarla, pero para eso necesitamos ejercitarnos. Y a veces no vas a tener ganas.

Como en el gimnasio: si te gusta y tenés ganas, es más fácil; pero incluso cuando no tenés ganas, el entrenamiento puede hacerte bien.

No dependas de tener ganas o no.
Entrenate para la piedad.

Me faltaría un solo dato adicional. Sí, ya sé que te dije que terminaba. Ya termino. ¡Viste cómo son los pastores! ¿No? «Cinco minutitos más…».

¿Qué es la piedad? ¿Es tener lástima de los demás? ¿Es ser misericordioso? Mmm… no.

La piedad es vivir reconociendo a Dios como el centro de nuestra vida.
Es poner a Dios en primer lugar.
Es aceptar que él nos transforme.
Es adorarlo.
Es reconocerlo en todos nuestros caminos.
Es orientar nuestras decisiones, nuestros pensamientos y nuestra conducta de acuerdo con su voluntad.

Ejercitarse para la piedad es cultivar una vida devocional.
Es entrenarse día a día en amar a Dios, adorarlo, obedecerlo y ponerlo en primer lugar.
Porque, así como el cuerpo necesita entrenamiento para mantenerse fuerte, nuestra vida espiritual necesita una práctica constante de comunión con Dios.

No se trata de entrenar para que los demás te admiren.
No se trata de competir con otros.
No se trata de demostrar que sos mejor.

Se trata de aprender a vivir cada día más cerca de Dios y más conforme a su voluntad.

No vivas dependiendo de las ganas. Entrenate para la piedad.

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