No pretendo tener la última palabra en cuestiones teológicas, pero hay cosas que caen de maduras. Siempre lo dije: no me gusta predicar sobre cosas que no puedo asegurar o sobre las que no tengo una convicción firme. Pero aquellas sobre las que sí la tengo, las voy a defender hasta las últimas consecuencias.
Por ejemplo, el tema de los últimos tiempos. Genera curiosidad. Es un tema de alto morbo. Se mezcla la fantasía con la fe, lo sobrenatural con lo espiritual. Creemos que Jesús volverá, como estoy escuchando cantar a Marco Barrientos en este momento, aunque realmente no podemos asegurar todos los detalles del contexto en el que sucederá. Eso da lugar a muchas especulaciones y a no pocos errores de interpretación bíblica. Lamentablemente, como ocurre con las fake news o las teorías conspirativas, es más fácil y frecuente creer esas burradas que aceptar la verdad pura y simple.
Sí, Jesús volverá.
Lo mismo sucede con los acontecimientos finales. ¿Viene antes o después del arrebatamiento? ¿Hay o no hay arrebatamiento? ¿Existe un paraíso y un purgatorio? ¿Vamos directamente al cielo o tenemos que pasar por determinados procesos?
¿Habrá un juicio de destrucción o solamente una sacudida? ¿Cielos nuevos y tierra nueva significa una re-creación o que seremos trasladados a otro universo? (¡Ah! ¡Esa no la tenías!). ¿Las bodas del Cordero son un acontecimiento real o solamente simbólico?
¿En la nueva tierra convivirán distintas razas? ¿Habrá gente celestial y gente natural? ¿Gobernaremos sobre el mundo o tendremos castas de autoridad espiritual?
¿Sigo? ¿El infierno existe o es un cuco? ¿Seremos todos jóvenes o tendremos la edad que teníamos cuando morimos? ¿Nos encontraremos con nuestros familiares y amigos? ¿Los reconoceremos?
Tema delicado: ¿los bebés abortados van al cielo? Ya sabemos que los animales no… ¿no? ¿Cómo lo podés asegurar? Entonces, ¿qué pasa con los que no nacieron?
Bueno, Eclesiastés dice que los muertos nada saben. ¿Eso significa que quienes no llegaron a nacer se diluyeron en la nada misma? ¿Y qué hacemos con esas conclusiones cuando ni siquiera tenemos una revelación bíblica explícita sobre todos estos casos?
A veces hacemos teología con una seguridad que ni los propios textos nos permiten tener.
¿O por qué te creés que Job fue probado y procesado? ¡Porque el diablo provocó a Dios! ¿Entonces Dios dio puntada sin hilo?
Como ves, quedan muchos temas abiertos, y hay muchísimos más todavía.
¿Qué vio Juan? ¡Uff! ¡Temazo! Por eso no enseño Apocalipsis. Es un gran debate que mezcla metáforas con realidades, visiones con experiencias sobrenaturales cuya interpretación no siempre podemos afirmar con certeza. Sin embargo, obviamente, nos creemos dueños de la verdad e inventamos doctrinas basadas en nuestro propio pensamiento, en lugar de someternos a la verdad de Dios.
¿Y la trinidad satánica? ¡Ja! Me encantaría explayarme en eso, pero me va a ocupar demasiado tiempo. Aunque… ¿quién es el anticristo? ¿Y la bestia? ¿Y el falso profeta? ¿Cuál es la marca de la bestia? ¿Qué es el 666?
Se me hace agua la boca doctrinal pensando en rebatir mitos y fantasías, pero mejor… mejor lo dejamos ahí.
Sin embargo, hay cuestiones que, a pesar de seguir sobre la mesa de debate, ya no deberían generar controversias.
En los primeros siglos del cristianismo hubo controversias sobre la verdadera humanidad de Jesús. Algunas corrientes sostenían que era un mito o un simbolismo. ¿Vos dudás de que Jesús haya existido como hombre y de que sea el Hijo de Dios? Para nosotros, ese tema está cerrado.
Con la Reforma del siglo XVI, para nosotros quedó definida la cuestión de la autoridad del papa. Es un debate que para otros sigue abierto o que, en realidad, nunca se zanjará. Los católicos reconocen al papa como sucesor de Pedro y “suplente” de Cristo. Nosotros no aceptamos esa autoridad como fundamento de nuestra fe. Para nosotros, la autoridad suprema es la Palabra de Dios. Punto. Tema cerrado.
¿Se pierde la salvación? Es un tema que sigue sobre la mesa y que calienta los ánimos como un Boca-River (para no mencionar las divisiones ideológicas y políticas).
Normalmente defenderíamos nuestra postura apelando a Filipenses 2:12: «Ocúpense en su salvación con temor y temblor».
Es más que suficiente para cerrar el tema y tapar más de una boca caprichosa… Pero prefiero quedarme con otra declaración de Pablo, en este caso dirigida a Timoteo. Insisto: Pablo sabía cosas que nosotros no sabemos. Caminó por niveles espirituales y de revelación que están fuera de nuestro alcance. Y, aún más, yo creo que, superando incluso a Juan, tuvo alguna experiencia de viaje astral que le permitió ver la eternidad. Locura mía, no te enganches…
«Pelea la buena batalla de la fe; no dejes escapar la vida eterna, pues para eso te llamó Dios…» (1 Timoteo 6:12, DHH).
Unos renglones más arriba, Pablo venía hablando de los desvíos de la fe. Dijo, por ejemplo, que poner el foco en el dinero puede llevarnos a apartarnos de ella.
Por lo tanto, hay algo que queda claro: existe una batalla que pelear. Y no se trata solamente de luchar contra los demonios o de enfrentar la oposición doctrinal. También se trata de luchar contra nuestra propia carnalidad, contra nuestras ambiciones personales y contra todo aquello que puede terminar apartándonos del camino de la fe.
Es la batalla por seguir creyendo que la plenitud viene de Él y se obtiene por medio de Él.
Pero inmediatamente Pablo agrega: «No dejes escapar la vida eterna».
Desviarme de la fe, poner la mirada en otra cosa, perseguir mis ambiciones personales… ¿puede poner en riesgo mi vida eterna? Y parece que sí.
Hay una relación directa entre la batalla espiritual, la lucha contra la carne y la vida eterna. Seguir nuestros propios caminos, obedecer nuestros instintos, dar rienda suelta a nuestras pasiones y perseguir nuestras ambiciones puede sacarnos del camino y arruinar el propósito para el cual fuimos llamados.
¡Ah, sí! Porque Pablo agrega: «…pues para eso te llamó Dios».
Juan también habla de las vanidades que nos rodean. En 1 Juan 2:15-17 advierte sobre los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Y concluye con una afirmación contundente: el mundo pasa, y también sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Pablo y Juan, desde perspectivas distintas, nos advierten sobre los peligros de apartar la mirada de lo eterno para perseguir lo pasajero. Ambos tuvieron una relación profunda con Jesús y conocieron, cada uno a su manera, aspectos del plan de Dios que nos siguen desafiando.
Por eso, más allá de todas las discusiones teológicas que todavía podamos sostener, hay algo que no deberíamos perder de vista:
No desperdicies el llamado.
No pongas en juego tu destino final.
No camines al borde del precipicio buscando la adrenalina del peligro.
No quieras encontrar caminos alternativos.
No te apoyes en razonamientos que te aparten de la verdad.
¡Peleá la buena batalla de la fe! No dejes escapar la vida eterna.
