SIEMPRE FUE ÉL

Ayer escuché un comentario acerca de una teoría relacionada con el conocimiento —no recuerdo exactamente cómo la llamaban— que describe algo bastante común en quienes recién empiezan a aprender: al principio, te sentís invencible y automáticamente superior a los demás. De repente, en una determinada materia, sabés más que otras personas, generalmente las de tu propio entorno.

Pero, a medida que ese conocimiento aumenta y te adentrás más en una carrera, una disciplina o una capacitación, ese sentimiento de invencible superioridad empieza a desaparecer. Entonces comenzás a descubrir todo lo que todavía te falta aprender.

No recuerdo cómo se llama exactamente ese fenómeno, pero me hizo pensar en algo que muchas veces mencioné como el cono de revelación: cuanto más conocés a Dios, cuanto más íntimamente caminás con Él y cuanto más te adentrás en las profundidades de su conocimiento, más consciente sos de todo lo que todavía te falta conocer de Él.

Cuanto más conocemos a Dios, más conscientes somos de cuánto nos falta conocerlo.

Por eso digo: siempre fue Él.

A veces somos tan arrogantes y soberbios que llegamos a creer que hemos acumulado suficiente experiencia, cargos o títulos como para considerarnos superiores. Pensamos que, por tener cierta trayectoria, por llevar algunos años en un ministerio o por haber recorrido un largo camino en una profesión o carrera, ya estamos por encima de otros. Creemos que somos más, que sabemos más, que somos mejores.

Pero ¿qué son unos pocos años comparados con la eternidad? ¿Qué representan nuestros años de experiencia cuando los ponemos en perspectiva frente a la eternidad de Dios?

Anoche mismo, al finalizar la reunión, el Señor volvió a ministrarme acerca de esta idea: siempre fue Él.

Él fue quien hizo todo. Desde el principio, fue Él quien creó el universo, quien estableció los sistemas que lo sostienen y quien dispuso el orden que hace posible la vida en nuestro planeta. Y aun en medio de la intervención destructiva del ser humano, seguimos dependiendo de su creación y de las condiciones que Él estableció para que la vida sea posible.

Siempre fue Él.

Incluso todo lo que le damos a Dios proviene de Él. Hay una canción que expresa esta verdad, nuestra adoración también tiene su origen en Dios y vuelve a Él. Todo lo que ofrecemos nace de aquello que primero recibimos de su mano. No tenemos nada que no hayamos recibido de Él.

Vivimos en una época paradójica. Por un lado, estamos globalizados: el mundo está cada vez más conectado, compartimos información y accedemos a las mismas cosas. Pero, por otro lado, crece el individualismo. Nos comportamos y nos movemos cada vez más como si no necesitáramos a nadie, como si pudiéramos vivir de manera completamente independiente, sin considerar al otro y sin desarrollar empatía por quienes nos rodean.

Esa mentalidad también nos puede llevar a creer que no necesitamos a Dios.

Pero siempre fue Él.

Todo viene de Dios y todo vuelve a Dios. El apóstol Pablo lo expresó con claridad: «Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos» (Romanos 14:8).

Nuestra existencia no gira alrededor de nosotros mismos. No somos el centro de nuestra propia historia. Vivimos porque Él nos da la vida, caminamos sostenidos por su gracia y todo lo que somos encuentra su verdadero sentido en Él.

Moisés lo expresó de esta manera:

«Desde antes que se formaran los montes y que existieran la tierra y el mundo, desde los tiempos antiguos y hasta los tiempos postreros, tú eres Dios». (Salmos 90:2, DHH).

Sí, ya sé que suena más cheto o más cool decir «el salmista» o «David dijo». Pero no fue David quien escribió este salmo. El encabezamiento de Salmo 90 lo identifica como una oración de Moisés, el del mar Rojo. ¿Te acordás?

Antes de nuestra historia, Él ya era Dios.
Antes de nuestros logros, Él ya era Dios.
Antes de nuestros ministerios, Él ya era Dios.
Antes de que nosotros llegáramos a existir, Él ya era Dios.

Siempre fue Él.

Él guía tus pasos.
Él te sostiene y te levanta.
Él te dio los dones que tenés.
Él abre los caminos y cierra aquellos por los que no debés avanzar.
Él te enseña.
Él te corrige.
Él te capacita.
Él te sostiene cuando creés que ya no podés más.

Y si hoy estás donde estás, no te olvides de esto: por encima de tu experiencia, tus capacidades, tus títulos y tu trayectoria, está la gracia de Dios.

No te confundas. No permitas que los años de experiencia te hagan olvidar quién te llamó, quién te sostuvo y quién te trajo hasta acá.

Cuando miramos hacia atrás y reconocemos su fidelidad, cuando miramos el presente y reconocemos su gracia, y cuando miramos hacia adelante y confiamos en sus promesas, la conclusión sigue siendo la misma:

Siempre fue Él.

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